Nada más que libros - La novela española de posguerra

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“Yo señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuéramos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte”. Fragmento de “La familia de Pascual Duarte” Camilo José Cela. El panorama literario presentaba en los primeros años de posguerra un aspecto lastimoso; de poco valieron, en líneas generales, los escasos personajes de la cultura que decidieron permanecer en España tras la victoria de los rebeldes. La pobreza y las limitaciones culturales se dejaron sentir en la novela más poderosamente que en ningún otro género, obligándola a desarrollarse muy al margen de cualquier referencia inmediata. Sin embargo en los años cuarenta se pudieron conocer su consagración varios narradores que publicaban por esos años sus primeras novelas. Una brillante carrera literaria ha consagrado a Camilo José Cela (1.916-2002), desde su primera novela en 1.942 hasta la concesión del Nobel en 1.989. Aplaudido por la crítica y el público, Cela se convirtió en el escritor español más popular de la posguerra, gracias también a su colaboración en periódicos, a su imagen de notable orador en televisión y a su gusto por la ironía, las palabras gruesas y el erotismo, que le ganaron una imagen no siempre acorde con la del narrador. Su novela “La familia de Pascual Duarte” de 1.942, constituyó una auténtica revelación en el panorama de esa época ya que es una novela notable que, para muchos, es la mejor de la producción de su autor. Existen en ella las dosis justas de equívoca denuncia social y de contemplación, entre escéptica y angustiada de la existencia humana tan características del estilo de Cela que le ganaron el favor del público y el beneplácito tanto del régimen franquista como de la democracia posterior. Junto a esta novela, suele tenerse por su mejor obra a “La colmena” de 1.951, calificada de social y prohibida por la censura franquista. La obra es una narración de personajes colectivos y técnica caleidoscópica, por la que discurren más de trescientos personajes y cuya intención es mostrarnos la sórdida vida del Madrid de posguerra. Por lo demás, no hay argumento posible en esta crónica selectiva de la vida de los años cuarenta, aunque existe el denominador común de la miseria material y moral de sus personajes, cuya alienación se subraya entrecruzando sus vidas carentes de sentido. Después de un paréntesis, Cela publico “San Camilo 1.936” en 1.969, que intenta ser una interpretación de las motivaciones de la Guerra Civil. Insiste, por tanto, en algunos motivos y temas de las obras anteriores, e ideológicamente sigue tratándolos, cuando menos, con demasiada ambigüedad y desde una perspectiva en exceso selectiva; sin embargo su estilo supone un avance significativo en la evolución de su narrativa, pues se apropia de una prosa compleja, que hace suyas las nuevas técnicas narrativas. Así en “Mazurca para dos muertos” de 1.984, que retoma el tema de la guerra desde una perspectiva peculiar, para muchos marcó el definitivo agotamiento de Cela, preludiado por “Oficio de tinieblas” de 1.973, que fue un libro ajeno a toda materia narrativa. A partir de ahí se confirmó la dificultas del Nobel para dar nuevas novelas a la imprenta en los últimos años de su vida. Constante y regular es, por contra, la producción de Miguel Delibes (1.920-2010). Su primera obra “La sombra del ciprés es alargada” de 1.948, evidencia las excelentes dotes de su autor; se trata de una novela tradicional donde Delibes intenta plasmar la vida cerrada de las ciudades castellanas de provincias. Pero su obra no alcanzará cierta dimensión crítica hasta “El camino” de 1.950, un bello cuadro del paraíso perdido de la infancia contemplada desde la experiencia adquirida en el paso de la juventud a la madurez. Citemos también, entre sus novelas de las décadas de los cincuenta y los sesenta, “La hoja roja” de 1.959, donde denuncia la insolidaridad de la sociedad que confina a los ancianos a la soledad y “Las ratas” de 1.962, un retablo ya más complejo de la España de posguerra cuya denuncia es más explícita y amarga. La crítica de Delibes no posee filiación política ni ideológica, sino que se pone al servicio de un credo humanista que, por ejemplo, le ha llevado a a defender desde los años cincuenta el ecologismo. La segunda trayectoria trazada por el autor desemboca en “Cinco horas con Mario” de 1.966, una de las novelas sobre las clases medias más logradas y técnicamente más avanzadas de aquellos años, y donde adquiere pleno sentido la dimensión crítica de su narrativa. La novela es un extenso monólogo interior en el que Carmen va desgranando, en la vela del cadáver de su marido, los episodios de una vida matrimonial deteriorada. Presidida por esa única voz narrativa en la que predomina el tono irónico, la obra nos abre al mundo de la burguesía provinciana dominado por el conservadurismo y la hipocresía contra los que choca cualquier intento de apertura a la sinceridad y a las libertades. De sus novelas posteriores, que no lograron la altura de “Cinco horas con Mario”, recordaremos “Parábola del náufrago” de 1.969, y “El disputado voto del señor Cayo” de 1.978. Caso aparte es el de “Los santos inocentes” de 1.981, otra de las cimas narrativas de Delibes; con ella vuelve a sus temas más queridos: el paisaje y la vida rurales, tratados con un notable sentido lírico; la caza como un modo de vida tradicional en la España más profunda, y una ácida crítica social de ese entorno, siempre tratados con equilibrio y humanismo, denunciando con rotundidad el quebrantamiento de la justicia social en una sociedad falsamente tradicionalista. Muy distinto al de Cela y Delibes es el caso de Gonzalo Torrente Ballester (1.910-1.999), un autor consagrado treinta años después de la publicación de su primera novela “Javier Mariño” de 1.943, que se instala en la órbita de la novela falangista, donde revela ya las dotes narrativas del autor, a pesar de su declarado partidismo. El escritor no volvería a incurrir en ese defecto y su obra posterior se caracteriza por una calculada ambigüedad, un sarcasmo y un distanciamiento que tienen su mayor expresión en la desmitificación a la que somete la materia culta de muchas de sus novelas. Entre los años cincuenta y sesenta alcanza Torrente Ballester una de sus cimas narrativas: La trilogía de “Los gozos y las sombras” de 1.957 a 1.962. Con esta obra el autor se aproxima desde el realismo tradicional a la novela social imperante en esos años obteniendo mejores logros que otros escritores, concretamente en la construcción de sus personajes y en el planteamiento del conflicto, que sabe abstraerse a la oposición entre dos concepciones vitales: la fidelidad a sí mismo o el culto al poder. Con “La saga/fuga de J.B.” de 1.972, Torrente Ballester experimenta nuevos recursos y posibilidades, siendo un título fundamental del formalismo narrativo en España. La imaginación se adueña de este extenso relato que obtuvo un éxito inmediato y consagró definitivamente al autor. Torrente sigue esta línea en algunas de sus novelas posteriores como “Fragmentos de Apocalipsis” de 1.977 y “La isla de los jacintos cortados” de 1.981, dos ejercicios de altos vuelos que, en gran medida, nos dan cuenta del mismo proceso creativo. A partir de ellas, y hasta su muerte, Torrente Ballester no ha hecho más que repetirse, descendiendo por lo general, a veces alarmantemente, la calidad de su producción. Al margen de la labor que pudieran estar desarrollando estos grandes de la narrativa española contemporánea, los años cuarenta conocen el florecimiento de un realismo tradicional, de tono burgués, en la vena más característicamente decimonónica. Sus cultivadores son básicamente autores conservadores, más o menos cercanos al régimen. Juan Antonio Zunzunegui (1.902-1.982), fue un escritor incansable cuyas novelas evocan y ensalzan la moral y el trabajo burgueses, así como el progreso y el sistema social que aquellos implican. Muy parecida temática desarrolla la producción de Ignacio Agustí (1.913-1.974) quién hace de la crisis de la burguesía el motivo de su obra fundamental, “La ceniza fue árbol” de 1.944 a 1.972, extensa novela-rio integrada por cinco libros, donde destacan “Mariona Rebull” y “El viudo Rius”, que desarrollan la historia de una familia burguesa catalana desde finales del siglo XIX hasta la Guerra Civil. En cierto modo es una novela-rio la trilogía que le abrió las puertas del éxito a José María Gironella (1.917-2003), que consta de “Los cipreses creen en Dios” de 1.953, “Un millón de muertos” de 1.961 y “Ha estallado la paz” de 1.966, que intentan reconstruir el conflicto civil español. Muy distinto es el tono de la novela “Nada” de 1.945, de Carmen Laforet (1.921-2004), que en esencia es la historia moral de la incorporación al mundo adulto de una joven; sin embargo, su fondo socio-histórico presidido por la miseria, la anormalidad y el horror, así como el tono simple y directo de su estilo realista, permitieron que se la considerase emblemática de una nueva forma de narrar que la obra posterior de Laforet no ha confirmado. Hay que recordar aquí la notable labor de los escritores exiliados españoles; aquellos que en circunstancias diversas se vieron obligados a abandonar su país natal por su fidelidad republicana o por rechazo del fascismo franquista, y que siguieron desarrollando su obra fuera de España. Citemos, al menos como botón de muestra, a Francisco Ayala y a Rosa Chacel, dos excelentes narradores formados en la filosofía orteguiana y en la estética vanguardista y cuya evolución ha sido un ejemplo, a pesar del desarraigo, para otros autores. Francisco Ayala (1.906-2009) apuntaba ya desde los años treinta como el más interesante y genuino representante de la narrativa vanguardista en, por ejemplo, el libro de cuentos “Cazador en el alba” de 1.930. Después de años de silencio publicó en el exilio americano “Los usurpadores” y “La cabeza del cordero”, ambas de 1.949, centrados en el tema del ejercicio del poder e inspiradas en la guerra española. A partir de los años cincuenta Ayala ha encontrado en la ironía y el sarcasmo el tono de su producción, que pone de manifiesto la banalidad de la existencia y de la sociedad humana. En ese sentido se orienta sus novelas “Muertes de perro” de 1.958 y “El fondo del vaso” de 1.962. “El jardín de las delicias” de 1.971 sorprende por su frescura y modernidad. En un ambiente similar al de Ayala se movió Rosa Chacel (1.898-1.994), autora fundamentalmente de relatos breves hasta que ya en el exilio publicó “Memorias de Leticia Valle” en 1.945, novela en la que asistimos al paso de la adolescencia a la madurez de la protagonista por medio de su propio discurso mental. La explicación de la existencia a partir de una reflexión seria y rigurosa ha sido una de las constantes de su obra, caracterizada por la atemporalidad y la fragmentación. La mejor expresión de su arte y de sus preocupaciones la tenemos en la trilogía integrada por “Barrio de Maravillas” de 1.976, “Acrópolis” de 1.984 y “Ciencias naturales” de 1.988, donde asistimos a la incorporación a la experiencia, al mundo y a su conocimiento de un grupo de jóvenes.

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